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.Lo siento.—¿Ha estado aquí algún hombre importante de la ciudad? Por ejemplo Lew Yard, o…El secretario meneó la cabeza, y dijo otra vez:—Perdone.—Está bien, no vale la pena enfadarse por eso —dije derrotado, y fui hasta la puerta de la habitación.Apareció el médico abotonándose el abrigo.—Dormirá tranquilo —dijo deprisa—.Creo que debe quedarse alguien con él.Volveré mañana por la mañana.Bajó la escalera apresuradamente.Entré en la habitación.El jefe y el que había interrogado a Willsson estaban de pie al lado de la cama.El jefe sonrió feliz al verme.El otro me miró con desconfianza.Willsson estaba echado en la cama mirando al techo.—Ya no tenemos nada que hacer aquí —dijo Noonan—; ¿nos vamos?Dije que sí y le di las «buenas noches» al viejo, que me contestó «buenas noches» sin mirarme.Entraron el secretario y el chófer, un joven alto, moreno y fuerte.El jefe, el otro policía —un teniente de policía llamado McGraw— y yo cruzamos la planta baja y entramos en el coche del jefe.McGraw se sentó delante junto al conductor.El jefe y yo nos acomodamos en el asiento de atrás.—Lo detendremos al amanecer, más o menos —me explicó Noonan mientras avanzábamos—.El Susurro tiene un garito en King Street.Suele abandonarlo al amanecer.Podríamos entrar por sorpresa, pero es mejor hacer las cosas tranquilamente, sin tiros.Caerá en nuestras manos al salir.Pensé si caería en nuestras manos o en una tumba.Le pregunté:—¿Hay suficientes pruebas para que la acusación surta efecto?—¿Suficientes? — rió con franqueza—.Si lo que nos dijo esa Willsson no es suficiente para conducirlo hasta la horca, yo soy un ratero.Quise contestarle haciendo un chiste fácil, pero me contuve.6.El garito del SusurroAcabamos el recorrido automovilístico en una calle oscura flanqueada de árboles, no muy lejos del centro de la ciudad.Una vez fuera del coche caminamos hasta la esquina.Un hombrón embutido en un abrigo gris y sombrero gris calado hasta los ojos, nos salió al paso.—El Susurro sabe lo que se prepara —dijo el hombrón al jefe—.Ha llamado a Donohoe para decirle que se va a quedar en el garito.Que intente usted sacarlo.Noonan sonrió, se rascó una oreja y preguntó sin alterarse:—¿Tienes idea de cuántos hombres hay dentro?—Unos cincuenta.—Bromeas.Es imposible que haya tantos a estas horas de la madrugada.—¿No se lo cree? — protestó el enorme individuo—.No han parado de llegar desde hace una hora.—¡Increíble! Alguien le ha dado el chivatazo.No tendrías que haberlos dejado entrar…—Tal vez —dijo el hombrón molesto—, pero he cumplido sus órdenes, usted me dijo que no le impidiera la entrada o salida a nadie, pero que si salía el Susurro…—Lo agarraras —completó el jefe.—Sí, es verdad —dijo el hombrón, mirándome amenazadoramente.Vinieron más hombres y estuvimos parlamentando con ellos.Estaban todos descorazonados, menos el jefe.El parecía estar divirtiéndose.Yo ignoraba por qué.El garito del Susurro era un edificio de ladrillo de tres pisos en el centro de la manzana, a sus lados había casas de dos pisos.La planta baja de la casa de juego era una tabacalería que hacía las veces de entrada y de tapadera del negocio clandestino.El Susurro había reclutado allí dentro, si nos podíamos fiar del grandullón, cerca de cincuenta amigos dispuestos a armar camorra.Noonan había distribuido sus efectivos alrededor de la casa en la calle de enfrente, en el callejón trasero y en los tejados de las casas vecinas.—Bien, muchachos —dijo el jefe con corrección cuando todos hubieron expresado su opinión—, no creo que el Susurro esté más dispuesto a pelear que nosotros, si así fuera habría empezado el tiroteo, aunque yo no creo que realmente disponga de ese número de hombres.No lo creo.—iVa usted listo! — dijo el hombrón.—Pues si no quiere problemas —continuó Noonan—, podríamos tener unas palabritas.Nick, ve a tratar de decirle que venimos en son de paz.—Ni lo sueñe —dijo el hombrón.—Pues habla con él por teléfono —sugirió el jefe.—Eso es otra cosa —dijo el hombrón y se alejó.De vuelta del teléfono, se mostraba radiante.—Dice que se vaya a la mierda —informó.—Avisa a los muchachos —dijo Noonan satisfecho—.Antes de que amanezca estará saldado este asunto.Nick, el corpulento, y yo fuimos con Noonan a pasar revista a sus hombres en sus distintos emplazamientos.No era ningún espectáculo gratificador: un puñado de hombres desarrapados, de mirada torva, sin ningún interés por lo que iban a hacer.El cielo había tomado una tonalidad grisácea.Noonan, Nick y yo nos paramos delante de la puerta de una fontanería, nuestro objetivo estaba en diagonal en la parte opuesta de la calle.No había luz en el garito, las ventanas de los pisos de arriba, eran huecos negros y la tabacalería tenia bajadas las cortinillas de las ventanas y la puerta.—No me agrada empezar sin ofrecerle antes una oportunidad al Susurro —dijo Noonan—.Es un buen muchacho.Pero no vale la pena hablarle.No le caigo bien.Me miró.No hablé.—¿Hablaría usted con él? — me preguntó.—Sí.Voy a intentarlo.—Muy bien.Se lo agradezco de corazón.A ver si le puede convencer de que salga pacíficamente.Dígale, ya sabe, que es por su bien y todo eso.Además es verdad.—Sí —dije, y me acerqué a la tabacalería, tratando de acompasar el movimiento de mis manos, a todas luces vacías, con el de mis costados.El día estaba naciendo lentamente.La calle tenia un color de humo.Mis pasos golpeaban el pavimento.Me paré ante la puerta y llamé al cristal con los nudillos, suavemente.La cortinilla verde al otro lado del cristal hacía de azogue.Vi en él el reflejo de dos hombres que se movían al otro lado de la calle.No se oía nada dentro.Insistí, con más fuerza, y después cogí el picaporte.Me aconsejaron desde dentro:—Lárgate si estimas en algo tu pellejo.Era una voz sin relieve, pero no un susurro, por lo que supuse que no era el Susurro.—Quiero hablar con Thaler —dije.—Habla con el pedazo de alcornoque que te mandó venir.—No hablo por Noonan.¿Puede oírme, Thaler?Un silencio.Luego la cansina voz dijo:—Sí.—Soy el agente de la Continental que le previno a Dinah de que Noonan quiere cargarle a usted el muerto.Déjeme hablar cinco minutos.No estoy aliado con Noonan, excepto en el deseo de impedirle realizar su asqueroso plan.Estoy solo.Puedo tirar la pistola al suelo, si quiere.Déjeme entrar.Esperé.Todo dependía de si la chica le había contado el asunto.La espera se me hizo eterna.La voz monótona dijo:—Vamos a abrir, en ese preciso instante entre.Y no haga trampa.—Preparado.Se oyó la cerradura.La apertura de la puerta y mi entrada fueron simultáneas.Al otro lado de la calle, apretaron doce gatillos.Saltaron por los aires los cristales de las ventanas y las puertas, cayendo trozos a nuestro alrededor.Alguien me hizo caer.El terror me armó con tres cerebros y seis ojos.Noonan se había lucido.Les había dado motivo a esos tipos para que creyeran que estábamos de acuerdo.Caí al suelo y me di la vuelta para quedar frente a la puerta.Antes de caer tenía la pistola en la mano.En la parte contraría de la calle, Nick, el hombrón, salió de un portal para disparar a dos manos contra nosotros.Apoyé el brazo con que sostenía la pistola en el suelo.Vi el enorme cuerpo de Nick en mi punto de mira.Apreté el gatillo.Nick no disparó más.Se cogió el pecho con las manos y cayó cruzado en la acera.Unas manos me tiraron hacia adentro por los bolsillos.El suelo me desgarró la barbilla.Se cerró la puerta en el acto.Alguien dijo con sorna:—Parece que no eres muy popular.Me senté y levanté la voz sobre el ruido:—Yo no he preparado esto.El tiroteo cedió hasta acabar [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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